¿Es verdad que si una palabra no viene en el Diccionario de la RAE es incorrecta o no existe?

El otro día me contaba un amigo que en el colegio de su hijo el departamento de Educación Física había empezado a incluir actividades relacionadas con el pádbol, ese deporte que mezcla el pádel y el fútbol y cuya práctica, aunque sigue siendo desconocida para mucha gente, se va extendiendo poco a poco.

Sin embargo, lo que llamaba la atención de mi amigo no era tanto el nuevo deporte, sino el término que, según él, los profesores habían elegido para designarlo. Esa palabra no existe porque no está en el Diccionario, razonaba mi amigo. Si no está en el Diccionario, ¿cómo podemos saber si lo correcto es llamarlo pádbol o futpádel? Y pádbol, ¿se pronuncia como si fuese una palabra llana (con tilde) o como si fuera una palabra aguda (sin ella)?

Esta conversación me recordó que siguen existiendo varios mitos relacionados con el Diccionario. Y lo pongo en mayúscula y en cursiva porque me refiero a un diccionario en concreto, al Diccionario de la lengua española (DLE) de la RAE, que es el único que la mayoría de la gente cree que existe. En realidad, hay numerosos diccionarios y de muchos tipos: de autoridades, de dudas, de uso, etimológicos, de topónimos, del uso de preposiciones… y un largo etcétera.

Las palabras existen con independencia de si están o no en el Diccionario 

El DLE tiene tal autoridad entre los hispanohablantes que muchos creen que si una palabra no está incluida en él, simplemente no es correcta o no existe. Miramos al Diccionario como si fuera el creador de la lengua y el juez que valora si una palabra es buena o mala.

Nos equivocamos al pensar que los diccionarios cumplen esa función, ya que, como se suele decir, actúan como notarios, es decir, se encargan de dejar constancia del uso que los hablantes, que somos los verdaderos dueños de la lengua, hacemos de ella. Por lo tanto, los diccionarios siempre van a ir por detrás de la utilización que los hablantes hagamos del idioma. Cuando una palabra tiene un uso consolidado entre la población o es utilizada de una manera determinada por la mayoría, los diccionarios terminan recogiendo y reflejando esos usos.

Esto es lo que ocurrirá probablemente con el nombre del nuevo deporte al que se refería mi amigo. Ha surgido una nueva realidad que necesita un nombre para designarla. Solo con el tiempo sabremos si esa palabra se consolida o no, si la que termina usándose mayoritariamente es pádbol o futpádel, y si acaba triunfando la primera, de qué manera la pronunciaremos.

Los cambios y novedades que se introducen en los diccionarios no solo se deben a la inclusión de neologismos. De hecho, estas obras se modifican según cambian la lengua y los usos que hacemos de ella. Así, en el caso del DLE, por ejemplo, cada año aparecen nuevas acepciones de palabras ya incluidas, se corrigen algunas ya existentes, se incorporan nuevas voces, se eliminan otras o se declaran en desuso.

«Es que la RAE ya acepta cualquier cosa»

Por eso tampoco están del todo en lo cierto los que afirman con tono de lamento «es que la RAE ya acepta cualquier cosa», como si la inclusión de una palabra que puede ser considerada novedosa, coloquial o vulgar (pifostio, por ejemplo), significase que la Academia ha bajado el listón. Se olvidan de que la inclusión de una palabra en los diccionarios está relacionada con el éxito que esa palabra haya tenido en distintos ámbitos: el culto, semiculto, coloquial y, también, el vulgar. Por lo tanto, puestos a lamentarnos, no lo hagamos por lo que se incluye en los diccionarios, sino por cómo hablamos.

Si solo pudiésemos usar las palabras recogidas en el DLE, nuestro idioma sería muy pobre

Naturalmente, los diccionarios recogen un número limitado de palabras. Por eso, si solo fuese correcto emplear los vocablos aceptados por el DLE, se empobrecería nuestro idioma, pues las nuevas palabras y los nuevos usos que hacemos de ellas lo enriquecen. El hecho de que la Academia no incluya una palabra en el DLE no significa necesariamente que sea incorrecta. Esto no quiere decir, por otro lado, que cualquier palabra que se nos ocurra o que empiece a circular sea correcta o que haya que incluirla. A veces ciertas palabras simplemente se ponen de moda, pero con el tiempo dejan de usarse.

Los correctores de textos sabemos que la RAE no es la única autoridad lingüística y por eso solemos utilizar una gran variedad de diccionarios y recursos. Obviamente, para determinar si podemos incluir un término en un texto o no, no solo recurriremos al DLE, sino que tendremos que utilizar otros recursos de autoridad y conocer bien el proceso de formación de las palabras en nuestro idioma.

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