Qué hace un corrector de textos profesional vs. qué no hace un corrector profesional

Una habilidad imprescindible

Hace unas semanas fue el Día de la Corrección de Textos y para celebrarlo me apetecía compartir algo sobre el trabajo del corrector profesional. En concreto, me gustaría centrarme en una de las habilidades más importantes que un buen corrector debe adquirir. Para hacerlo me voy a ayudar de una viñeta de uno de mis dibujantes preferidos: Quino.

¿No te da la sensación de que la persona que ha limpiado la habitación se ha pasado un poco? Ahí está el chiste de Quino. Ha ordenado incluso lo que no era necesario, el cuadro de Picasso. Esa es una de las cosas que un buen corrector tiene que evitar.

Un corrector profesional tiene que aprender a mantener cierta distancia con el texto que corrige, es decir, tiene que intervenir, pero sin apropiarse de él, pues la autoría le corresponde a otra persona.

El buen corrector identifica los problemas de un texto y lo que necesita para que sea correcto, pero no se apropia de él.

De ahí se deduce que si un texto no es bueno, una vez haya pasado por las manos de un corrector, será correcto, pero no será mejor, pues la responsabilidad de que el escrito sea bueno es del autor.

Ramón Alemán, el autor de Un idioma sin manchas, lo explicaba comparando este trabajo con el que se hace en un taller de escultura:

«… el producto intelectual que está a punto de llegar a los lectores es propiedad de la persona que lo escribió, del mismo modo que una escultura no es obra del operario del taller que la fundió, sino del artista que la ideó en su mente y la modeló en arcilla. El corrector no inventó la pieza, solo la convirtió en bronce y, una vez extraída del molde, le dio pátina a la nueva obra de arte».

Los mandamientos para el corrector de textos

En uno de los capítulos de ese libro establecía trece mandamientos para el corrector de textos. Entre ellos, destaco los cinco siguientes:

  • Si no hay nada que corregir en un texto, no se corrige nada.
  • No se modifica lo que está bien.
  • En algunos casos se hacen sugerencias al autor, que este puede aceptar o no.
  • Se corrige lo incorrecto, no lo que al corrector no le gusta.
  • Si las hay, se proponen varias correcciones posibles.

Algunos ejemplos concretos

Esto puede sonar muy lógico y sencillo de hacer, pero tan pronto como uno se enfrenta al texto surgen las dudas sobre cómo intervenir y hasta qué punto. Aquí te pongo algunos ejemplos concretos de buenas intervenciones:

  • Eliminar redundancias que no añaden información y que son innecesarias para que una frase tenga sentido.
  • Respetar las redundancias cuando pueden ser útiles (cuando dan énfasis, aportan matices o evitan ambigüedades).
  • Corregir los usos del gerundio que no son correctos (gerundio de posteridad, gerundio especificativo).
  • Respetar el uso del gerundio cuando es correcto.
  • Suprimir incisos innecesarios en un diálogo porque se sobreentiende qué personaje está interviniendo.
  • Dejar los incisos que ayudan al lector a identificar quién está hablando.
  • En caso de duda, confirmar con el autor si lo que quería emplear era, por ejemplo, una oración explicativa o especificativa y si, por consiguiente, se deben insertar comas o suprimirlas. La casa, que está al borde del mar, es muy luminosa no significa lo mismo que La casa que está al borde del mar es muy luminosa.

En caso de duda, siempre es mejor preguntar, aunque, obviamente, también es importante ser eficaz y utilizar el sentido común y la intuición. Muchas veces el contexto de las oraciones nos ayudará a tomar una decisión u otra.

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